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Cuando la honestidad se vuelve urgente

  • revistalaprensa55
  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura

Una lectura contemporánea de Benjamín Franklin desde la realidad dominicana.

Por Cristalina Jáquez Díaz

La Prensa

La honestidad suele invocarse en discursos oficiales, pero rara vez se practica con coherencia sostenida. En una sociedad donde la confianza pública se encuentra en permanente tensión, volver a la célebre frase de Benjamín Franklin “La honestidad es la mejor política” no es un gesto nostálgico, sino una necesidad cultural. Este escrito propone una reflexión sobre la honestidad como valor público y práctica cotidiana en la República Dominicana.

En la vida cotidiana dominicana, la palabra honestidad aparece con frecuencia en conversaciones informales, debates mediáticos y discursos institucionales. Sin embargo, su práctica real suele verse cuestionada por experiencias de corrupción, desinformación y promesas incumplidas. Esta distancia entre lo que se dice y lo que se hace ha generado un clima de escepticismo que atraviesa la política, la economía y los medios de comunicación.

En este contexto, la afirmación de Benjamín Franklin cobra una vigencia particular. Para el pensador ilustrado, la honestidad no era únicamente una virtud moral, sino una herramienta práctica para sostener la convivencia social. La confianza, entendida como un bien colectivo, se construye a partir de actos coherentes y transparentes. Cuando esa confianza se rompe, las consecuencias se extienden mucho más allá del ámbito individual.

A lo largo de la historia, la honestidad ha sido reconocida como un valor fundamental para la vida en comunidad. Desde la filosofía clásica hasta el pensamiento moderno, decir la verdad y actuar con integridad han sido considerados pilares de la justicia. No obstante, como advierte Sissela Bok, la honestidad va más allá de evitar la mentira directa; implica también rechazar el engaño deliberado, incluso cuando este se presenta bajo la forma de silencios estratégicos u omisiones convenientes (Bok, 1978).

La política es, quizá, el escenario donde la honestidad resulta más visible y, al mismo tiempo, más frágil. En República Dominicana, los reclamos ciudadanos por mayor transparencia y rendición de cuentas han sido constantes. Informes recientes de Transparencia Internacional señalan que la percepción de corrupción continúa siendo un desafío relevante para el fortalecimiento institucional del país (Transparencia Internacional, 2023). Esta realidad no solo afecta la imagen del Estado, sino que debilita la participación ciudadana y la credibilidad democrática.

Hablar de honestidad política no implica desconocer los avances normativos e institucionales logrados en los últimos años. Sin embargo, también exige reconocer que la coherencia ética sigue siendo una deuda pendiente. La experiencia demuestra que cuando la palabra pública pierde valor, el costo social se manifiesta en apatía, desconfianza y polarización.

En el ámbito económico, la honestidad se traduce en confianza, un capital intangible pero decisivo. Las relaciones comerciales, los contratos laborales y las inversiones dependen de la credibilidad entre las partes. Francis Fukuyama sostiene que las sociedades con altos niveles de confianza social tienden a desarrollar economías más sólidas y organizaciones más eficientes (Fukuyama, 1995). En contraste, las prácticas empresariales deshonestas generan beneficios inmediatos, pero suelen desembocar en crisis reputacionales y pérdidas a largo plazo.

Los medios de comunicación ocupan un lugar central en esta reflexión. En un país donde la radio, la televisión y las plataformas digitales influyen de manera directa en la opinión pública, la honestidad informativa se convierte en un compromiso democrático. La proliferación de noticias falsas y contenidos no verificados ha puesto a prueba la credibilidad  del periodismo dominicano. Como señalan Bill Kovach y Tom Rosenstiel, la primera lealtad del periodismo es con la verdad, y sin ese compromiso la información pierde su función social (Kovach & Rosenstiel, 2014).

Más allá de las instituciones, la honestidad se construye en los gestos cotidianos. Cumplir una promesa, reconocer un error o actuar con coherencia entre el discurso y la práctica son decisiones simples que fortalecen la confianza social. Benjamín Franklin entendía la ética como una disciplina diaria, una práctica constante que define el carácter individual y colectivo.

Tal vez la pregunta central no sea si la honestidad sigue siendo la mejor política, sino si estamos dispuestos a asumir el costo que implica practicarla. En una sociedad que reclama cambios estructurales y mayor justicia social, la honestidad deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una responsabilidad compartida. Su vigencia no depende de los discursos, sino de la voluntad cotidiana de actuar con integridad.

 

 

 

 

 

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