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  • revistalaprensa55

Yerno rechazado

Por Pedro Pablo Yermenos



La mentalidad aristocrática del papá no podía concebir lo que estaba sospechando. Era cada vez más evidente que su hija, para quien anhelaba como marido alguien de igual linaje al que él se atribuía, estaba enamorada de ese joven, a quien le asignaba los peores defectos. El chico era visto con ojos distintos por todos los demás.

Cierto que tenía un temperamento bohemio, pero eso, lejos de perjudicarle, le adicionaba atractivo que determinaba que su entorno disfrutara de su compañía.

Amante de la música. Tenía una colección de discos de pasta y grababa canciones en casetes para obsequiar a sus seres queridos.

Buen bailador, al punto que en las fiestecitas del pueblo las jóvenes se disputaban ser su acompañante. Claro que tomaba tragos, pero siempre como aditivo natural al ambiente que propiciaba. Nadie lo vio nunca bajo los efectos de una borrachera.

Como era previsible, la hija del ególatra no podía ser la excepción ante la seducción que generaba este carismático personaje.

Como suele ocurrir, la oposición del padre contribuyó a su apego y los efectos de las características del amor en esa etapa de la vida, no tardaron en radicalizarla. “Con ese me caso por encima de quien sea”. Eso determinó una competencia de egos.

El déspota dejó claro que con él no contara si esa era su decisión. Ella, reaccionó asumiendo las consecuencias de sus actos. Los acontecimientos alcanzaron tal nivel de hostilidad, que se mudó con su abuela paterna, quien hizo magia para manejar la crisis que le provocaba mediar en esa confrontación.

Desde su nuevo hogar se organizó una boda casi clandestina. Pocos tuvieron el valor de enfrentar la ira de aquel que se creía el sol alrededor de quien giraban todos los planetas.

Como el marido no estaba fingiendo, continuó siendo el mismo ser humano maravilloso que era. Cada vez más personas se rendían ante sus encantos. Cuando la vida le daba una oportunidad de compartir con su renuente suegro, desplegaba todo su potencial, al punto que logró que depusiera su actitud y se convirtió en su aliado principal. Eso sí, todo, según él, por su magnanimidad, nada de admitir su cerrazón sin causa.

Así las cosas, el señor fue el primero en llorar a mares aquella tardecita en que hubo que romper la cerradura del apartamento de la pareja porque él no respondía al llamado. Su cuerpo yacía derribado por un masivo derrame cerebral.

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