Una mirada a la política desde el barrio: Cuando el voto ya estaba decidido mucho antes de llegar a las urnas
- revistalaprensa55
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POR CRISTALINA JAQUES DIAZ
LA PRENSA.
Cuando comienza una campaña electoral, es común escuchar que llegó el momento de convencer a los votantes. Los partidos organizan caravanas, multiplican los discursos, presentan propuestas y despliegan estrategias para ganar el respaldo ciudadano. Durante varias semanas, la política parece concentrarse en un solo objetivo: conquistar el voto. Sin embargo, en muchos barrios de la República Dominicana ocurre algo distinto. Para una parte importante de la ciudadanía, la decisión no empieza cuando aparecen los afiches, los mítines o las caravanas. En realidad, comenzó mucho antes, mientras transcurría la vida cotidiana. Empezó el día en que faltó el agua, cuando la calle permaneció llena de hoyos, cuando un familiar necesitó atención médica, cuando alguien respondió a una necesidad urgente o cuando nadie apareció para hacerlo.
Mucho antes de que iniciara la campaña, muchas personas ya habían comenzado a construir una opinión sobre quienes aspiran a representarlas. No necesariamente porque siguieran de cerca el debate político, sino porque fueron acumulando experiencias. La política, antes de convertirse en campaña, ya había dejado huellas en su vida diaria. Por eso, reducir la decisión del voto a las semanas de campaña es desconocer la forma en que la ciudadanía construye sus juicios. Las campañas pueden reforzar una percepción, matizarla o incluso modificarla en algunos casos. Pero rara vez parten de un terreno vacío. Cuando los candidatos llegan al barrio en busca del voto, suelen encontrarse con una historia que empezó a escribirse mucho antes de su primera visita.
Porque el voto se deposita en la urna el día de las elecciones; la verdadera campaña comienza al día siguiente de las elecciones anteriores. En ese sentido, el voto no es únicamente una respuesta al discurso más reciente. Es, sobre todo, el resultado de una memoria acumulada. Las personas comparan lo prometido con lo realizado, recuerdan quién estuvo presente en los momentos difíciles, quién desapareció después de las elecciones y quién mantuvo una relación constante con la comunidad. Como plantea Guillermo O'Donnell (1993), la relación entre ciudadanía y Estado se construye a partir de experiencias concretas sobre la presencia —o la ausencia— de las instituciones en la vida cotidiana. Esa experiencia influye profundamente en la forma en que las personas interpretan la política y evalúan a quienes ejercen el poder.
Sin embargo, esa memoria política no siempre se construye a partir de grandes acontecimientos. Rara vez nace de un discurso memorable o de una promesa espectacular. Se forma, más bien, en la repetición de pequeñas experiencias que, acumuladas con el tiempo, terminan moldeando la confianza o el desencanto. La política deja huellas incluso cuando no ocupa los titulares. Está presente cuando un servicio público funciona de manera constante, pero también cuando una comunidad pasa semanas esperando que se resuelva un problema que parece no tener dolientes.
Está en la escuela que mejora sus condiciones, en el centro de salud que logra responder a las necesidades de la población, en la calle que finalmente es reparada o en aquella que permanece olvidada durante años. Cada una de esas experiencias va construyendo una percepción sobre la capacidad de las instituciones para responder a las necesidades de la gente. Por eso, cuando finalmente llega la campaña electoral, los candidatos no encuentran una ciudadanía indiferente ni desinformada. Encuentran personas que llevan años observando, comparando y sacando sus propias conclusiones. Quizás no conozcan todos los detalles del funcionamiento del Estado ni el contenido de cada programa de gobierno, pero conocen muy bien la diferencia entre una promesa y una realidad. Esa diferencia no se aprende en un debate televisado; se aprende viviendo.
En los barrios, las campañas suelen producir una escena que se repite elección tras elección. Vehículos con música, caravanas, banderas, promesas y visitas que parecieran querer recuperar, en pocas semanas, una cercanía que no siempre existió durante los años anteriores. Para algunos ciudadanos, esas visitas representan una oportunidad para expresar demandas largamente postergadas. Para otros, son un recordatorio de ausencias que ya forman parte de la memoria colectiva. No significa que las campañas sean irrelevantes. Siguen siendo un momento fundamental para presentar propuestas, debatir ideas y rendir cuentas. Lo que ocurre es que su capacidad de persuadir tiene límites. Resulta difícil convencer con un discurso cuando la experiencia cotidiana ha construido una imagen distinta. La credibilidad no se improvisa en una tarima; se construye con el tiempo, a través de decisiones, acciones y presencias que dejan huella en la comunidad.
No es extraño escuchar, cuando se acercan las elecciones, frases como: "Ahora fue que se acordaron de este barrio" o "Después del domingo no vuelven por aquí". Más allá del tono de resignación o de ironía con que suelen pronunciarse, esas expresiones revelan algo más profundo: la ciudadanía compara el interés que despierta durante la campaña con el silencio que percibe el resto del tiempo. No es una reacción espontánea; es el resultado de años de observación y de experiencias acumuladas. Hay candidatos que parecen necesitar un GPS para encontrar un callejón. Los vecinos, en cambio, llevan toda una vida caminándolo y conviviendo con sus problemas. Conocen cada hoyo, cada poste que nunca se reparó, cada tubería que lleva años averiada y cada promesa que quedó suspendida entre una elección y la siguiente. Mientras algunos llegan con un discurso preparado, la comunidad responde desde una memoria que no necesita apuntes.
En política suele afirmarse que la confianza se gana. Quizás sería más preciso decir que se construye lentamente y se pone a prueba todos los días. No depende únicamente de lo que un candidato promete durante la campaña, sino de la coherencia entre sus palabras y su presencia a lo largo del tiempo. Las comunidades rara vez olvidan quién estuvo cuando no había cámaras, quién respondió cuando surgió una necesidad urgente y quién solo apareció cuando el calendario electoral comenzó a correr. Por eso, el verdadero desafío de una campaña no consiste únicamente en convencer al electorado. Consiste en dialogar con una historia previa. Cada discurso entra en conversación con recuerdos, comparaciones y experiencias que ya forman parte de la memoria colectiva del barrio. Ningún candidato comienza desde cero. Todos heredan, para bien o para mal, la imagen que la ciudadanía ha construido a lo largo de los años. Existe una idea muy arraigada según la cual los ciudadanos toman su decisión electoral únicamente cuando comparan propuestas de campaña. Esa visión supone que el voto es el resultado de un ejercicio racional que comienza cuando aparecen los candidatos y termina el día de las elecciones. Sin embargo, la realidad cotidiana suele ser bastante más compleja.
Las personas no viven la política únicamente durante los períodos electorales. La viven cuando utilizan un servicio público, cuando esperan la reparación de una carretera, cuando gestionan un documento oficial o cuando necesitan que una institución responde a una necesidad concreta. En cada una de esas experiencias van construyendo una percepción sobre la capacidad del Estado, la credibilidad de sus autoridades y el valor de las promesas que escuchan una y otra vez. Esa percepción no surge de un único acontecimiento. Se forma lentamente, casi siempre sin que las personas sean plenamente conscientes de ello. Es una acumulación de experiencias, de conversaciones familiares, de recuerdos compartidos y de comparaciones constantes entre lo que se prometió y lo que finalmente ocurrió.
Como explica Pierre Rosanvallon (2007), la legitimidad democrática no depende únicamente del resultado electoral, sino también de la confianza cotidiana que las instituciones logran construir con la ciudadanía. La representación política no se sostiene solo con el voto; necesita renovarse permanentemente mediante una relación de cercanía, responsabilidad y respuesta efectiva. Por eso, cuando llega una campaña electoral, muchas personas no comienzan a formar una opinión; simplemente ponen en palabras una opinión que ya venían construyendo desde hacía años. La campaña puede aportar nueva información, despertar expectativas o modificar algunas percepciones, pero difícilmente reemplaza la experiencia acumulada. La vida cotidiana termina siendo un filtro a través del cual se interpretan los discursos, las promesas y las propuestas.
En los barrios esa dinámica resulta especialmente visible. Allí las decisiones públicas tienen rostro y consecuencias concretas. Un problema sin resolver deja de ser una estadística para convertirse en una experiencia compartida. Del mismo modo, una solución efectiva deja de ser un dato administrativo y pasa a formar parte de la memoria colectiva. Esa cercanía hace que la política sea evaluada menos por sus declaraciones y más por sus efectos. Las campañas electorales seguirán llenando las calles de música, caravanas, banderas y discursos. Seguirán apareciendo las visitas casa por casa, los recorridos por los barrios y las promesas de soluciones para problemas que muchas comunidades llevan años enfrentando. Todo eso forma parte del ejercicio democrático y tiene un lugar legítimo dentro de la competencia electoral.
Sin embargo, conviene no olvidar que ninguna campaña comienza sobre un terreo vacío. Cuando un candidato llega a un barrio, encuentra una comunidad que ya ha observado, comparado y evaluado. Encuentra vecinos que recuerdan quién estuvo presente cuando hizo falta gestionar un camión de agua, quién acompañó una causa comunitaria, quién desapareció después de las elecciones y quién nunca dejó de mantener el contacto. Antes de escuchar un nuevo discurso, muchas personas ya han construido una percepción sobre quienes aspiran a representarlas. Esa realidad recuerda que el voto no es un acto improvisado ni una decisión que se toma exclusivamente durante la campaña. Es el resultado de una relación que se construye — o se deteriora— a lo largo del tiempo. La confianza no se fabrica en unas pocas semanas; nace de la coherencia entre las palabras y los hechos, entre las promesas y las acciones, entre la presencia constante y las visitas ocasionales. Quizás por eso, uno de los mayores errores de la política contemporánea sea pensar que las elecciones se ganan únicamente durante la campaña. En realidad, las campañas pueden persuadir, reforzar o incluso modificar algunas decisiones, pero difícilmente sustituyen la experiencia acumulada de una comunidad. La ciudadanía llega a las urnas con una memoria que comenzó a escribirse mucho antes de que aparecieran los afiches y las caravanas.
Porque el voto no empieza el día de las elecciones. Ni siquiera cuando inicia la campaña. Empieza mucho antes, en la forma en que las personas experimentan la política en su vida cotidiana. Empieza cuando el Estado responde... y también cuando no lo hace. Empieza cuando la confianza se fortalece... y también cuando se pierde. Entonces, si el voto comienza a construirse mucho antes de la campaña, ¿no será que las elecciones empiezan mucho antes de que el calendario electoral diga que ya comenzaron?





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