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Una mirada a la política desde el barrio

  • revistalaprensa55
  • hace 14 minutos
  • 6 min de lectura

Una mirada a la política desde el barrioLa política que se discute en la galería y no en el Congreso.

Por Cristalina Jáquez Díaz

Hay conversaciones que nunca aparecerán en las actas del Congreso Nacional. No se realizan en salones con aire acondicionado ni se transmiten por televisión. No cuentan con asesores, estadísticas ni discursos preparados. Ocurren en las galerías de las casas, en las esquinas de los barrios, en los colmados y en las aceras al caer la tarde.

Allí, entre una taza de café, una cerveza vestida de novia, una mano de dominó y las preocupaciones de cada día, se habla del precio de los alimentos, de la falta de agua, de los apagones, de la inseguridad y de las promesas que aún esperan ser cumplidas.

A simple vista, podrían parecer conversaciones ordinarias. Sin embargo, en esos intercambios cotidianos se construyen opiniones, se evalúan gobiernos, se forman percepciones sobre la justicia, la autoridad y la representación. En otras palabras, también se hace política.

La diferencia es que esa política no suele expresarse en el lenguaje técnico de los expertos ni en los debates institucionales. Se expresa desde la experiencia. No se discute a partir de proyectos de ley o reformas constitucionales, sino desde preguntas mucho más concretas: ¿por qué el agua sigue llegando de manera irregular?, ¿por qué la calle continúa deteriorándose?, ¿por qué las promesas se repiten más rápido que las soluciones?

En ese sentido, la política que se discute en la galería tiene una característica particular: no se construye desde la teoría, sino desde las consecuencias. Las personas no evalúan únicamente lo que los gobiernos dicen que hacen; evalúan lo que ocurre en su vida cotidiana.

 La política se vuelve tangible cuando afecta el bolsillo, modifica la rutina o condiciona las oportunidades. Por eso, muchas veces existe una distancia significativa entre la política que se debate en los espacios institucionales y la que se conversa en los barrios.

Mientras el discurso oficial suele centrarse en indicadores, programas y anuncios, la conversación ciudadana gira alrededor de experiencias concretas. Una mide resultados desde los informes; la otra, desde la realidad vivida. Pero reducir estas conversaciones a simples quejas sería un error. Lo que ocurre en esos espacios es mucho más complejo.

En la galería se comparte información, se contrastan experiencias y se construyen interpretaciones sobre la realidad. Allí se comparan gestiones, se recuerdan promesas, se juzgan decisiones y se elaboran conclusiones que, aunque no siempre adopten un lenguaje político formal, terminan influyendo en la forma en que las personas entienden el poder y se relacionan con él.

 La experiencia cotidiana se convierte así en una fuente de conocimiento político. Quien espera durante meses la reparación de una calle no necesita conocer el presupuesto municipal para formarse una opinión sobre la capacidad de respuesta de las autoridades. Quien enfrenta dificultades para acceder a un servicio básico no requiere dominar la estructura del Estado para identificar sus ausencias.

La ciudadanía aprende sobre política viviendo sus consecuencias. Como sostiene Norbert Lechner (2002), la comprensión que los ciudadanos tienen de la política está profundamente influida por sus experiencias cotidianas y por la manera en que perciben los efectos concretos de las decisiones públicas en sus vidas. En muchos casos, esa experiencia tiene más peso que cualquier discurso oficial.

Los anuncios pueden generar expectativas, pero son los resultados los que terminan moldeando la confianza. Cuando la realidad contradice sistemáticamente las promesas, las personas desarrollan formas propias de interpretar la política. Se vuelven más cautelosas, más escépticas y, en ocasiones, más desconfiadas.

Por eso, la conversación en la galería no es un simple intercambio de opiniones. Es también un espacio donde se construye memoria política. Los barrios recuerdan. Recuerdan quién apareció en tiempos de campaña y quién desapareció después. Recuerdan las obras anunciadas y las que nunca llegaron a ejecutarse. Recuerdan los problemas que se resolvieron y aquellos que se arrastran durante años sin respuesta. Esa memoria compartida influye profundamente en la forma en que se perciben las instituciones y sus representantes.

Lo que una comunidad recuerda sobre sus experiencias con el poder termina condicionando la manera en que interpreta las nuevas promesas y evalúa a quienes las formulan. De alguna manera, la galería funciona como un archivo informal de la vida pública. No guarda documentos ni estadísticas, pero conserva algo igual de importante: la experiencia acumulada de quienes viven las decisiones políticas en su día a día. Y es precisamente ahí donde aparece una paradoja. Mientras gran parte del debate político nacional se concentra en discursos, estrategias electorales y confrontaciones partidarias, muchas de las preocupaciones que ocupan a la ciudadanía tienen que ver con cuestiones mucho más inmediatas.

Para una familia que enfrenta problemas de abastecimiento de agua, dificultades en el transporte o deficiencias en los servicios públicos, la política no es una discusión abstracta. Es una realidad que se manifiesta todos los días. Por eso existe, con frecuencia, una distancia entre la agenda institucional y la agenda ciudadana. No porque la población desconozca la política, sino porque la experimenta desde un lugar distinto.

Mientras unos hablan de gobernabilidad, otros hablan de cómo llegar a fin de mes. Mientras unos discuten reformas, otros intentan resolver problemas que llevan años esperando solución. Y, sin embargo, ambas conversaciones hablan del mismo país. Esa diferencia entre la política institucional y la política vivida ayuda a explicar por qué muchas veces las autoridades creen estar respondiendo a las prioridades de la población, mientras una parte importante de la ciudadanía siente que sus preocupaciones no están siendo escuchadas.

No siempre se trata de una falta de información. En ocasiones, se trata de una diferencia de perspectiva. Las instituciones suelen observar la realidad desde indicadores, estadísticas y planes de desarrollo. Los ciudadanos, en cambio, la observan desde la experiencia concreta de sus comunidades. Ambos enfoques son necesarios, pero cuando dejan de dialogar entre sí, surge una desconexión que termina debilitando la confianza pública.

La confianza, después de todo, no se construye únicamente a partir de discursos o campañas de comunicación. Se construye cuando las personas perciben que sus problemas son comprendidos y atendidos. Se fortalece cuando existe coherencia entre lo que se promete y lo que se ejecuta. Y se erosiona cuando la distancia entre la palabra y la realidad se vuelve demasiado grande. Por eso, la galería no es solo un espacio de conversación. Es también un espacio de evaluación ciudadana. Allí se pone a prueba la credibilidad de los dirigentes, la eficacia de las instituciones y la capacidad de respuesta del Estado.

 Allí se forman opiniones que difícilmente pueden modificarse con una campaña publicitaria o con un discurso bien elaborado. Porque la experiencia cotidiana suele ser más persuasiva que cualquier estrategia de comunicación. Esta realidad plantea una pregunta importante para la democracia dominicana: ¿quién está escuchando las conversaciones que ocurren fuera de los espacios formales de participación?

Con frecuencia, se habla de acercar la política a la gente. Sin embargo, pocas veces se reflexiona sobre la necesidad de acercarse a los espacios donde la gente ya está hablando de política. La ciudadanía no permanece en silencio. Opina, analiza, compara, cuestiona, critica, juzga y, de vez en cuando, chismea un poquito.

Lo hace con sus propias palabras, desde sus propias experiencias y utilizando referencias que surgen de su vida cotidiana. Quizás uno de los errores más persistentes de la política contemporánea ha sido subestimar esos espacios informales de deliberación. Se asume que la opinión pública se forma principalmente a través de los medios de comunicación, las redes sociales o los debates institucionales. Pero en los barrios, la conversación cara a cara sigue teniendo un peso extraordinario. La confianza en quien comparte una experiencia cercana muchas veces supera la influencia de cualquier mensaje oficial.

Esta idea guarda relación con la noción de esfera pública desarrollada por Jürgen Habermas (1981), quien sostiene que la formación de la opinión pública no ocurre exclusivamente en las instituciones formales, sino también en los espacios donde los ciudadanos intercambian experiencias e interpretaciones sobre los asuntos comunes. Por eso, comprender la política desde el barrio exige mirar más allá de las instituciones. Exige prestar atención a los lugares donde las personas interpretan la realidad, construyen memoria colectiva y dan sentido a las decisiones que afectan sus vidas.

Como advirtió Guillermo O'Donnell (1993), la experiencia de la ciudadanía y de la democracia no es uniforme en todos los territorios. La relación que las personas establecen con el Estado depende, en gran medida, de la presencia efectiva de las instituciones y de su capacidad para garantizar derechos en la vida cotidiana.

Porque la democracia no se vive únicamente en las urnas, en los ayuntamientos o en el Congreso Nacional. También se vive en esos espacios aparentemente simples donde la ciudadanía conversa, cuestiona y reflexiona sobre el país que habita. Y tal vez ahí resida una de las lecciones más importantes para quienes ejercen el poder: las decisiones pueden tomarse en los despachos, pero su legitimidad se construye —o se pierde— en la conversación cotidiana de la gente. Porque antes de convertirse en voto, apoyo o rechazo, la política ya fue discutida en la galería.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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