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Reflexión/ Activismo irreflexivo

revistalaprensa55
hace 35 minutos
2 min de lectura

Las competencias partidarias, cuando se ejercen con arrogancia y sin prudencia, generan resentimientos capaces de fortalecer a los adversarios. El uso excluyente de la nómina pública y las aspiraciones anticipadas debilitan la gestión institucional, mientras la ciudadanía reclama eficiencia y compromiso con el bien común.

Las competencias partidarias, cuando se ejercen con arrogancia y sin prudencia, generan resentimientos capaces de fortalecer a los adversarios. El uso excluyente de la nómina pública y las aspiraciones anticipadas debilitan la gestión institucional, mientras la ciudadanía reclama eficiencia y compromiso con el bien común.

La dinámica de las competencias partidarias agita y desnaturaliza el comportamiento de gran parte de sus actores. Conseguir la meta parece convertirse en un propósito que termina conduciendo por los senderos de la irracionalidad, dejando cada vez menos espacio al tino, a la prudencia y a la posibilidad de abrir compuertas de entendimientos inteligentes entre quienes compiten por un mismo objetivo. Por eso, las heridas que permanecen sin cicatrizar terminan transformándose, tarde o temprano, en fuentes de venganzas y actuaciones arteras.

Resulta indispensable que los líderes contribuyan a una confrontación respetuosa, conscientes de que los gestos arrogantes y la pretensión de imponer sus propias narrativas como sentencias definitivas terminan desatando un marcado interés retaliador entre aquellos que legítimamente se sienten agraviados. Las mayorías aplastantes, cuando se administran sin prudencia ni consideración por los demás, se constituyen en materia prima de rabias capaces de transformar el escenario político, hasta convertir aquello que en principio aparentaba ser inofensivo en matemáticas exitosas en la consecución de triunfos adversarios.

Articular adhesiones partidarias asentadas en el control de la nómina pública no tiene un efecto real sobre la construcción de apoyos políticos duraderos. Por el contrario, una vez cometido el atropello de reservar exclusivamente para sus seguidores las cuotas de participación en la administración pública, quienes quedan desplazados interpretan esa conducta como un golpeo indecente, que deviene fuente de actuación capaz de inspirar toda clase de esfuerzos destinados a obstruir el éxito de quien los maltrató.

Una maquinaria aspiracional que se activa de manera anticipada, sin respetar los plazos establecidos por la ley, posterga el desempeño efectivo de la institución a la que se debe consagrar el esfuerzo y compromete el cumplimiento de las debidas responsabilidades. Quienes así proceden quedan atrapados en una lógica que se interesa exclusivamente en lo propio y pequeño, desdeñando la agenda del conjunto como esencia de una noción de verdadera estrategia exitosa.

El ojo ciudadano se torna agrio contra prácticas que calcan modelos combatidos desde la acera opositora. La ciudadanía no deja de advertir esas contradicciones entre lo que se proclama cuando se busca el poder y lo que se hace después de alcanzarlo. Y lo que constantemente aplaude y reconoce son los desempeños eficientes, ejercidos con sentido de prudencia y orientados al bien común. Hacer lo contrario, a destiempo, nunca consigue los objetivos colectivos anhelados.

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