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  • revistalaprensa55

El peligro de ser ateo


Imagen tomada de: https://www.shutterstock.com/es/search/ate%C3%ADsmo

Por Rafael Santos

Es descomunal, con mucha inteligencia, habilidad, pero jamás con sabiduría, el discurso que de manera elocuente y con sus “conocimientos” de causas, mantienen los ateos al enarbolar su veneno en contra de la doctrina salvadora y el evangelio de Jesús.

En un peligro ser ateo. Sus razonamientos sobrecargados de teorizaciones y cuantas palabrerías encuentran bajo el suculento diccionario de sus “conocimientos”  anti-salvador, es algo que a los creyentes nos llena de una lástima terrible.

Desconocer (como es su legítimo derecho) que Jesús es el salvador del mundo, el Hijo de Dios y parte integral del Bendito Espíritu Santos, es una realidad que ellos, los ateos, imponen con mucha fortaleza y finas erudiciones, algo que hasta han logrado confundir  a ciertos números de creyentes.

No lo culpo de sus terribles desaciertos, jamás, más bien, compadezco el futuro espiritual que les espera. Los ateos a diario pregonan su intelectualidad en contra del evangelio y de todo aquello que combaten, para de esta manera ganar adeptos a las causas hereje que pregonan a los cuatro vientos.

Estos, envalentonados con sus “sapiencias”, en sus discusiones muchas veces tratan de ridiculizar a los creyentes, no sabiendo que ante el trono de la gloria, los que al final quedarán ridiculizados serán ellos mismos, por contrarrestar la experiencia redentora y sobre todo, por llevar a cabo el mensaje del desconocimiento de que Jesús es el Hijo de Dios, colocándose con esto al servicio de las fuerzas más oscuras del firmamento.

El apóstol Pablo, consciente de lo que en los tiempos postrero venia, en su primera carta a los Corintios capítulo 1, verso 18 escribió: “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”, algo que los mismos ateos e incrédulos no han sabido combatir, más que con el orgullo, la prepotencia, y sobre todo, con la ínfula de esos secos razonamientos que el enemigo inyecta para y mediante su ego, continuar alimentando su odio hacia lo que en verdad importa, que es la redención y vida eterna.

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