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El mejor peón del Nuevo Orden Mundial: la Izquierda_

  • revistalaprensa55
  • hace 1 hora
  • 3 min de lectura

Por Elías Wessin

La izquierda, en todos sus matices (la radical, la “light” influenciada por la Escuela de Frankfurt y, en no pocas ocasiones, auxiliada por la consabida “derechita obsequiosa y sin principios”) continúa hilvanando las redes de un modelo de control distópico sobre las naciones del mundo.

Mientras muchos creen que los grandes procesos de dominación llegan abruptamente, la realidad demuestra que avanzan gradualmente, bajo discursos aparentemente nobles: “proteger al consumidor”, “combatir desigualdades”, “regular el mercado”, “proteger la democracia” o “salvar el planeta”.

Pero detrás de esa retórica se esconde algo mucho más profundo: "la sustitución progresiva de la libertad individual por sistemas de supervisión tecnocrática."  Y como quien no quiere la cosa, ya se observan señales inquietantes. Veamos:

Legisladores federales y estatales en Estados Unidos lideran una ofensiva contra los llamados precios dinámicos y la denominada “fijación de precios basada en la vigilancia”; es decir, cobrar distintos montos por un mismo producto utilizando los datos personales del consumidor.

Entre esas iniciativas se encuentra la Stop Price Gouging in Grocery Stores Act, presentada en el Senado por Ben Ray Luján y Jeff Merkley, orientada a prohibir que supermercados y farmacias utilicen tecnologías de vigilancia y etiquetas digitales para modificar precios según el perfil de cada cliente.

También figura la No Rigged Grocery Prices Act, impulsada en la Cámara de Representantes por Josh Gottheimer y Mike Lawler, legislación bipartidista destinada a limitar el uso de inteligencia artificial para fijar precios personalizados considerados abusivos.

A esto se suma la Stop AI Price Gouging and Wage Fixing Act, proyecto que procura frenar la manipulación algorítmica tanto de precios como de salarios.

Muchos celebrarán estas medidas como una victoria “contra las corporaciones”. Sin embargo, el verdadero peligro no reside únicamente en las empresas que recopilan datos, sino en la eventual centralización estatal y supranacional de esos mecanismos de vigilancia.

Porque una vez aceptado el principio de que gobiernos, organismos internacionales o estructuras tecnocráticas pueden intervenir y monitorear cada transacción económica “por el bien común”, el escenario queda preparado para algo mucho más grave, "el control integral de la vida económica del individuo."

Hoy se supervisa cuánto pagas; mañana podrían decidir qué puedes comprar; después, si calificas o no para comprarlo.

Ese es el verdadero riesgo de la era digital combinada con el progresismo ideológico, "la transformación del ciudadano en un sujeto permanentemente monitoreado, puntuado y condicionado."

La experiencia histórica demuestra que las libertades rara vez desaparecen de golpe; normalmente son erosionadas paso a paso, regulación tras regulación, crisis tras crisis. Friedrich Hayek advertía en Camino de Servidumbre que las sociedades pierden la libertad cuando entregan excesivo poder a planificadores que creen saber mejor que los individuos cómo deben vivir.

Ludwig von Mises desmontó igualmente la ilusión del control centralizado de la economía, señalando que toda expansión del intervencionismo tiende inevitablemente hacia mayores cuotas de coerción.

Roger Scruton, por su parte, denunció cómo las élites progresistas occidentales desarrollaron una profunda aversión hacia las raíces culturales y espirituales de Occidente, debilitando deliberadamente las instituciones naturales: familia, nación, tradición y fe. Ahí radica el núcleo de la batalla contra la civilización de nuestro tiempo.

No se trata únicamente de economía o tecnología. Se trata de una confrontación entre dos concepciones del hombre: una que lo considera un ser libre, dotado de dignidad trascendente y responsable ante Dios; y otra que lo reduce a un dato administrable dentro de un sistema global de ingeniería social.

Por eso, la lucha actual contra el progresismo cultural y político adquiere una relevancia histórica. La Administración de Donald Trump en EE.UU. (y su influencia mundial) ha significado, para muchos sectores conservadores y soberanistas, un freno temporal frente al avance de agendas globalistas que procuran relativizar la identidad nacional, cancelar la civilización judeocristiana y debilitar la soberanía de los Estados.

Pero sería ingenuo pensar que esa resistencia está garantizada permanentemente. La era “pos-Trump” podría traer nuevos embates de un globalismo cada vez más sofisticado, apoyado por grandes corporaciones tecnológicas, organismos multilaterales y élites financieras transnacionales siniestras.

Lo que se requiere no es una derecha acomplejada ni administradores tímidos frente al 'consenso progresista'. Se necesita la Derecha de Edmund Burke, defensora de la tradición y del orden moral; la de Wilhelm Röpke y Ludwig Erhard, promotora de una economía social de mercado basada en la dignidad humana; la de Konrad Adenauer, que reconstruyó Europa sobre fundamentos cristianos; la de Hayek y Mises, que entendieron que sin libertad económica no existe libertad política duradera.

Nuestros países todavía están a tiempo de reaccionar. Todavía pueden defender su soberanía, sus valores y su identidad antes de que el globalismo termine imponiendo un modelo uniforme donde las naciones sean simples administraciones regionales de un poder cada vez más distante y menos democrático.

La batalla apenas comienza. Y quizás, el mayor error de Occidente ha sido no comprender que, en demasiadas ocasiones, la izquierda ha terminado convirtiéndose en el peón más eficaz del Nuevo Orden Mundial que decía combatir.

¡Dios nos ampare!

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