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Desigualdad



Por Pedro Pablo Yermenos

Su condición para ingresar a trabajar en la casa fue que permitieran alojar a su hijo de 5 años. A los empleadores no les agradó la solicitud, pero ante la necesidad, terminaron aceptándola. La familia estaba formada por los padres y tres hijos, incluido un varoncito de igual edad del de la señora. Un mínimo sentido de humanidad habría permitido suponer que, entre esos dos niños hubiese podido surgir una relación de fraternidad. Por ellos, así hubiese sucedido. Los niños, con esa espontaneidad incontaminada que les caracteriza, estaban conectados de forma permanente con el inigualable lenguaje de la inocencia y el motivo único de disfrutar. La empleada amaba al niñito de la casa por su actitud respecto al suyo. No obstante, sufría con la conducta nada disimulada de sus padres en cada episodio en que ambos compartían y ellos se obstinaban en marcar la distancia que existía en su forma de concebir el mundo. Eran incapaces de comprender que su hijo era más feliz jugando en la casa con ese compañerito que le regaló la vida, que con el universo de falsía que representaba su artificial entorno. En el esquema de crianza de sus padres, la estabilidad emocional del hijo estaba por debajo del deber de establecer diferencias que en su enanismo sicosocial otorgan prevalencias. Para la trabajadora, la situación se tornaba cada vez más difícil por su ausencia de mecanismos para ofrecer a su hijo explicaciones válidas ante su incomprensión de lo que ocurría. Quizás ni ella llegaba a entender las reales causas, no solo del trato a su pequeño, sino de las que determinaron ese cuadro penoso del que ella formaba parte. El asunto se complicó en la navidad. El hijito de la casa, inmerso en la parafernalia de la época y los juguetes pedidos al Santa experto en distribuir en función precisa de las posibilidades de sus peticionarios. El niño agregado, con la imaginación desbordada ante los regalos que pretendía su amiguito. La mamá del segundo angustiada por las peticiones de su hijo y su imposibilidad de complacerlo. Su obsesión era con un trencito eléctrico. La mamá reunió todo su dinerito. Fue a una tienda. Al ver el costo, lo descartó. Quiso compensar con otro movido con las manos. El 25 de diciembre, los dos trencitos resumían la terrible desigualdad. El niño prefería mover con sus ojitos el trencito ajeno, antes que tocar el que no quería.

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