Tráfico de menores en R. D
- revistalaprensa55
- hace 2 días
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Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten
En un país donde la infancia debería ser sagrada, hay niños que desaparecen sin hacer ruido. No salen en los titulares grandes ni provocan marchas multitudinarias, pero existen. Son nombres borrados, rostros sin foto, vidas reducidas a cifras que muchos prefieren no mirar. El tráfico de menores en la República Dominicana no es un rumor ni una exageración: es una herida abierta que sangra en silencio mientras la indiferencia aprende a convivir con ella.
El problema no es solo la red criminal que compra y vende cuerpos pequeños. El problema también es el entorno que mira hacia otro lado: autoridades que llegan tarde, sistemas que fallan, comunidades que callan por miedo o costumbre. Cuando un niño desaparece y nadie pregunta lo suficiente, el delito se fortalece.
Escribo porque callar también es participar. Porque mientras sigamos creyendo que esto “no pasa aquí”, seguirá pasando. Y porque despertar duele, pero dormirnos ante el horror cuesta vidas.
Para que miren de frente una realidad que muchos prefieren ignorar: niños y niñas convertidos en mercancía, silenciados por el miedo, olvidados por la indiferencia y traicionados por un sistema que debería protegerlos.
Hablar del tráfico de menores no es incomodar: es romper el silencio que alimenta el crimen. Es recordar que cada cifra es un rostro, un nombre, una historia que merece ser salvada.
Porque mientras miramos hacia otro lado, hay infancias robadas, voces apagadas y futuros vendidos al mejor postor.
El tráfico de menores en la República Dominicana es una herida abierta que exige atención urgente, acciones reales y responsabilidad colectiva









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