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  • revistalaprensa55

Recordando ese abril 84

Por RAFAEL SANTOS



Ese funesto abril de 1984 yace en la memoria colectiva del pueblo como una de sus pesadillas más terrible. Recuerdo perfectamente cuando en un viejo televisor marca Philly, la entonces locutora y presentadora de noticias en telesistema, Ana Cecilia Martínez, interrumpía la programación regular de dicha estación, para decir  en su  boletín “de último minuto”, sobre las cruentas protestas que ya a la 4 de la tarde tenían todo el perímetro urbano de la capital, en donde el saqueo, las gomas encendidas, los interminables bloqueos de las principales calles de la ciudad de Santo Domingo, y las dos primeras muertes nos puso a todos los nervios de punta.


Todo comenzó por un pírrico aumento de la gasolina, medida impuesta por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el cual a través de un acuerdo denominado Stand By, obligaba al entonces Presidente perteneciente a las filas del Partido Revolucionario Dominicana (PRD), Doctor Salvador Jorge Blanco, a realizar “algunos ajustes” en la canasta familiar.

Ya a la 6 de la tarde de ese 23 de abril, ciudades como Licey, Bonao, San Francisco de Macorís y Salcedo eran punto de referencias de los medios nacionales para sumarlo al rosario de inconformidad y por lo tanto, las gomas y los fieros encuentros entre policías y manifestantes de los diferentes sectores populares no se hacían esperar…..todo era confusión.

Sin embargo, desde el Palacio Nacional, el mutismo era evidente y los escasos funcionarios que se atrevían “a dar la cara” ante las interrogantes de los periodistas solo articulaban desacertadas declaraciones que en nada contribuían al clima imperante de ese primer día de protesta nacional.

Ya a eso  las 9 de la noche, allá en mi empedrado y  legendario barrio El Hoyo de Salcedo, todo era incertidumbre, los escasos televisores que habían en dicho sector, se constituyeron en pantallas obligadas a ver, sobre todo en Color Visión, con su noticiario de Mundo Visión y Henry Pimentel, cuando este, con su bigotudo rostro daba las informaciones pertinentes sobre la tensa situación que hasta ese momento vivía el país.

Al otro día bien temprano, en medio de la incertidumbre y los cuchicheos del barrio, nos fuimos enterando que el país estaba totalmente paralizado en sus actividades cotidiana con varios muertos más que se sumaron a los dos de la tarde anterior.

Como a eso de las 10 de la mañana de ese 24 de abril, corrió como pólvora la versión de que al almacén del hacendado de Ojo de Agua, Don Fausto Vásquez, lo habían saqueado, cosa esta que más luego y desde las alturas de la casa de mi abuela, en donde estaba junto a mis tíos Milor, Carloche, y otros, vi cuando Cristina “La Larga” le decía a mi madre mientras sostenía una cajita de espagueti princesa, que vaya a no sé dónde, que una persona se la había pasado mientras andaba por los alrededores, cosa esta que fue ignorada por mi progenitora.

No bien acababa de articular la última palabra, cuando el ronco sonido de los tiros y las metralletas se dejaron escuchar del otro lado del barrio y en Rabo Duro, otrora lugar emblemático y revolucionario, se efectuaba un enfrentamiento entre jóvenes manifestantes y policiales que ligados con miembros del Ejército, mantuvieron toda la ciudad en vilo.

Horas más tarde nos enteramos de varios heridos, entre ellos un policía  al que hubo que sacarlo de emergencia hacia la ciudad de Santiago de los Caballeros, razón por la cual las autoridades policiales de ese entonces en mi pueblo, corrieron la voz de que buscaban vivo o muerto a los “hermanos Camilo”, Darío, Adelso, Cheguelo y Cesar, así como a otros distinguidos jóvenes de esos días, muy ligados a los partidos y movimientos de izquierda en la zona.

Justo el 25 de abril a eso de las 10 de la mañana y estando los muchachos del barrio El Hoyo en “la esquina de Juan Julio y Margarita Padrón” a la salida hacia Tenares, allá abajo, una pequeña y destartalada guagüita, de color blanca de las denominadas Ban, semi cerrada, con varios Cascos Negros a bordo, llegaban a Salcedo, y tan pronto cruzaron el “Puente Juana Núñez”, por la cercanía de Doña Lega y Luis Mattar, comenzaron a tirar bombas lacrimógenas y tiros.

Fue cuando vi la puntería de “Papilote”, joven discreto y fornido del lugar, quien desde la esquina mencionada le tumbó de una pedrada el revólver a un policía, el cual y desde el vehículo en marcha apuntaba con su arma de reglamento a un lugar desconocido, a lo mejor buscando un blanco; nunca supe el destino del revólver, tampoco me interesó saberlo.

Al otro día, en nuestro hogar del citado sector de la parte baja de Salcedo, se nos prohibió la salida, y tanto mi madres, mis tíos y demás familiares, nos quedamos en mutis, mientras las noticias y durante varios días continuaban corriendo para quedar marcados con unos interminables días que jamás podremos olvidar.

 

 

 

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