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Informe de un encuentro posible en la Ciudad Colonial

revistalaprensa55
hace 2 horas
3 min de lectura

El espacio-tiempo se ha extendido y curvado más de lo esperado. La gente encerrada en su cueva-avatar está atraída por la Matrix y nadie detiene una caída, que no llega a ningún sitio.

En una esquina de la Ciudad Colonial me encontré hace algún tiempo con un viejo amigo, antes muy lector y ahora dedicado a la floristería. Es un experto jardinero que se auxilia con las nuevas tecnologías. No sé si el orden de su discurso se debe al estado mental de sus ideas o a los efectos de las imágenes generadas por la Matrix. Lo que conversamos se resume en una cosa, aunque apelo a la mente sensata del lector para poder entenderlo. Lo que me dijo parecía lineal, pero yo terminé entendiéndolo como una fábula circular. Desde algún lugar se escucha la famosa danza macabra de Saint Saëns, óp. 40.

— Lo que me ha impresionado, y por momento estimulado, en estos días es pensarnos como habitantes de la metáfora de Platón. Los medios de comunicación y las redes sociales parecen hacernos vivir en una nueva cueva en que los mensajes nos llegan como luces del exterior y parecen que siempre han existido. Pero, atados como estamos al espacio circular que nos oprime, somos incapaces de actuar. Un Demiurgo loco, cruel, dirige desde lo alto el aparato multicolor que crea las imágenes que vemos. Vivimos convencidos de que existimos en ese espacio cóncavo y contemplamos cómo avanza la oscuridad. La luz, convertida apenas en destellos, ya no reflejan el Ángel de la Historia

Desde afuera, el Demiurgo de nuestros días deja escuchar su risa macabra. Las imágenes se transforman en ideas, y las ideas de repente se disuelven en la nada. Cuanto intentamos ver a los próximos, lo vemos como lejanos. Igual pasa con los semejantes, que los descubrimos diferentes. Y ellos nos miran desde un pasado convertido en pantalla. Entonces pienso en Hamlet y aquella cáscara de nuez donde cabría el espacio infinito. Borges también habría entendido el asunto. El tendero del mundo sigue creando imágenes y vendiendo objetos que nuestro exiguo peculio no puede alcanzar. Una idea me ilumina: al final de la utopía del progreso hay una selva oscura.

Las ideas que antes nos acompañaron se han ido. Intentamos pensar creando nuevas figuras que el aparato de imagen sabe deformar con rapidez. Las distintas formas y estructura del mundo que hemos construido se extraviaron. Ya somos los seres a los que el Demiurgo ha robado los sueños. Algunos seguimos creyendo que pensamos, pero quizás solo permanecemos encerrados dentro de nuestro avatar. Ahora nos piden que depositemos nuestros saberes en el Gran Avatar que el señor ha creado para nosotros.

Ya los niños han centrado su propio ecosistema. Viven en su propio cascarón. Ya no hablan, ni interrogan. Han perdido la perplejidad. Prodigan a los cobitos que vienen al mundo con su casa a cuestas. Si les hablamos, se desconectan de la Matrix. Los celadores de la Matrix promueven la conexión permanente, para poder desconectarnos a voluntad. Todos estamos conectados a la máquina de las ilusiones. Los desconectados —como adictos vivientes— terminan en el cementerio de los muertos-vivos.

De esta forma podemos figurar la muerte definitiva del hombre. Ha muerto porque ya no puede salir de la caverna. Ha muerto porque ya no tiene ideas propias. Ha muerto porque no encuentra nada firme en qué asentarse. Basta mirar un poco más allá para contemplar el panorama de la “realidad”. No lo voy a describir. Todo ser consciente lo ve, lo palpa y lo siente. Hemos llegado al final de la idea de modernidad y progreso. La confianza de que seremos mejores ha muerto; Hegel ha muerto con ella. La idea de un ser perfectible, que podía pasar de la condición salvaje a la civilización, se ha agotado. Estamos invitados a ver caer la solidez de las ideas que se forjaron en los estudios, el trabajo y las disputas; esas que escribieron constituciones, crearon instituciones y hoy se desmoronan en su vetusta nada.

¿Cómo pensar la gran crisis que se avecina? Estamos frente al desafío más grande de los últimos 250 años. Pocos lo ven. Apenas se hacen visibles algunos síntomas. Unos acumularán de forma obscena aquello de lo otros carecen. Crece como consecuencia una ola sin sentido ni dirección. Una ola que el Demiurgo intentará controlar desde su sainete tragicómico.

Pongamos, por ejemplo, que Zaratustra sale de la cueva. Segundo gran acto. Único acto verdadero. Mira a su alrededor. Han pasado diez años. No. Diez décadas, pienso yo. Pero no sabe hacia dónde descender. Pronuncia palabras sabias luego de abusar demasiado de la miel fermentada y se dirige al Sol: “¡Tú, gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas! [...]”. Luego agrega que debe descender a las profundidades.

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