Ibeth Guzmán y una incitación a asomarse al pecado
- revistalaprensa55
- hace 1 día
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Santiago Almada
La profesora Ibeth Guzmán, integrante de la Academia Dominicana de la Lengua, es una inquieta y dedicada docente universitaria que, además de ostentar un doctorado en Lingüística y Literatura de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y una maestría en la Enseñanza del Español de la Universidad de Alcalá de Henares, es también investigadora, ensayista y escritora.
Su más reciente trabajo de investigación, que no el último, se titula El personaje haitiano en la narrativa dominicana, un ensayo en el que explora y describe temas como la otredad y la perspectiva del otro, y cómo es abordada en la literatura dominicana la cotidianidad de los haitianos a través de los personajes que nuestros narradores incluyen en sus obras. Es autora también de Tiempo de cocodrilos, y Yerba mala, entre otros libros.
La obra a la que nos vamos a referir en esta reseña se titula Tiempo de pecar, que es un conjunto de microrrelatos en los que la concisión teje y entreteje a grandes rasgos y sin rebusques efectistas una serie de historias en las que lo pecaminoso aparece como componente, esbozado con finísimo humor y también con la perspectiva del desengaño que sucede a la aventura descabellada de la transgresión, sobre todo cuando los protagonistas terminan descubriendo que el motor del pecado suele ser el deseo, y que este tiene un costo que se paga incluso antes de pecar, desde el momento en que el personaje ha decidido embarcarse en ese viaje, a veces demasiado breve.
No hay moralejas en las historias que integran este libro porque si bien el tema es el pecado, no pretende la autora dejar ningún tipo de enseñanza, solamente hechos narrados de manera sucinta, protagonizados por personajes que se caracterizan no siempre por rasgos físicos determinados, sino más bien por su intencionalidad, por una voluntad que los impulsa y por las consecuencias que les acarrea el hecho de decidirse a satisfacer sus deseos prohibidos.
Uno de estos microrrelatos se titula El vampiro del Caribe, en el que, sin usar el nombre que el argot de este país otorga a las mujeres que vacían las carteras y las cuentas bancarias de los caballeros, narra cómo aquel ser de ultratumba que soñaba con chuparse la sangre de esa dama, cae en la trampa de que ella simula permitírselo mientras “le quita el castillo, las joyas milenarias y los finos ataúdes de madera”, para después arrojarlo al sol del trópico caribeño donde el único destino posible del vampiro es morir calcinado hasta desintegrarse, la conclusión es que las “chapiadoras” dominicanas pueden ser más astutas que los mismísimos émulos de Drácula…
En el relato titulado Hombre público el personaje es un orador que encantaba “a las masas más ignorantes” y que era señalado por algunos de sus detractores como un “misógino empedernido”, hasta que cuando decide organizar su funeral le pide a su mujer que prepare su cadáver de manera que nadie le pusiera un dedo encima y que lo enterraran con el atuendo que llevaba puesto, lo que la dama cumple de manera que nadie se entere de que ese “hombre público” era en realidad otra mujer.
Una presencia que aparece permanentemente en estas páginas, como un bombardero que sobrevuela ciudades y campos con la amenaza de una destrucción definitiva es, precisamente, la muerte; que suele acompañar al pecado como consecuencia o como promesa de castigo por caer en sus tentadoras garras, pero también como una fatalidad de la que nadie puede escapar, ni siquiera los que han vivido una vida de pureza y que, según relata la narradora en La muerte que merecemos: “… podemos asegurar que moriremos exactamente como el estúpido que fuimos”, esto es algo que sucederá de todas maneras, por más que nos hayamos negado al goce de desafiar lo prohibido y hayamos llevado una vida de santidad.
Princesa de días y noches interminables es una reinterpretación muy cruda, y acaso cruel, de la historia de la Cenicienta que vemos multiplicada hasta el infinito en las telenovelas en todos los canales de televisión abierta, con una protagonista que acomoda sus calzados, todos de un solo pie, consciente de que jamás aparecerá el príncipe encantado, pero a pesar de todo se niega a dejar de esperarlo, hasta que en la última línea nos enteramos de que la dama es coja.
Si bien el humor negro campea en estos microrrelatos, empleado con exquisita finura pese a la visión desengañada de la vida que revela, la estructura de cada historia, que abarca desde el mundo real hasta el mundo de los sueños indistintamente, tiene finales que siempre o casi siempre arrancan del lector una sonrisa por esa capacidad de la narradora de trazar en pocas líneas una historia que cumple a cabalidad con lo que los estudiosos definen como características del cuento bien escrito: breve introducción, conflicto y final imprevisto.
Algunas de las historias se relacionan con las redes sociales, que en la práctica pueden tomarse como una extensión digital o electrónica del mundo onírico, por lo que tienen de irreal en tanto las personas que se contactan con los perfiles no tienen un contacto directo, también porque pueden ser falsos y responder a cómo desea ser vista la persona que los compone. Se sabe que es demasiada la gente que usa esas redes para simular la vida perfecta con la que sueña y que Facebook le permite “dibujar” esa fantasía como si fuera real, algo que es muy común en este universo de plataformas virtuales.
Es el caso del relato El novio y su perfil, en el que dos amigas, que presumen su noviazgo soñado, eligen la foto del mismo chico para crear la ilusión que comparten en esa red.
Tiempo de pecar es una compilación de relatos cortos que no por breves dejan de ser complejos, por la profundidad de los personajes y de las situaciones que se narran en cada uno de ellos, y porque, aunque no tienen un propósito didáctico ni moralizante, ponen al lector a pensar, a interpretar y a buscar una relación con las realidades cotidianas, porque en muchos casos aunque no haya intenciones ulteriores, la crítica de la sociedad actual aparece de todas maneras, sobre todo en el retrato de lo absurdo, que es presentado como una característica de la realidad actual.
Tiempo de pecar es un libro que se lee con placer, pero su esencia radica en la capacidad que demuestra Ibeth Guzmán para sumergir al lector en un universo que entremezcla imágenes surgidas de los sueños con situaciones que invaden la realidad en un sistema de planos superpuestos, son textos que atrapan por su cotidianidad, y que además de presentarse como una invitación a reflexionar, dejan una sonrisa, una sensación parecida a cuando se degusta un licor exquisito, algo que sucede cuando se termina de leer un buen libro.





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