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Fe Cómo conocí la Iglesia

  • revistalaprensa55
  • hace 26 minutos
  • 3 Min. de lectura

La historia de una madre que aprendió el lenguaje de señas para poder traducir la palabra de Dios a su hijo.

Por Leivy Marian Ramírez

Mi historia con la Iglesia comenzó desde una inquietud muy profunda como madre. Tengo tres hijos varones, y recuerdo que cuando mi hijo mayor, fruto de mi primer matrimonio, regresó a vivir conmigo a los casi nueve años, sentí con más fuerza la responsabilidad de criarlos correctamente. Me invadía un temor constante al pensar en su futuro, en su carácter, y en el tipo de hombres en los que se convertirían.

Fue entonces cuando hablé con mi esposo y le expresé mi deseo de criar a nuestros hijos dentro de una iglesia. Anhelaba que crecieran con amor por Dios, que aprendieran a reconocerle en sus decisiones y que ese amor también se reflejara en el respeto hacia sus padres y hacia los demás. Él acogió bien esa inquietud, y juntos comenzamos a asistir a una iglesia los domingos. Sin embargo, aunque lo intentábamos, yo sentía que algo faltaba; no lograba sentirme completamente conectada.

En ese tiempo también estaba en la universidad, rodeada de compañeros de diferentes creencias. Yo aprovechaba cada oportunidad para preguntar, para conocer, porque en mi corazón había una búsqueda sincera.

Un día, mientras atendía a una clienta —ya que me dedico al área de uñas— surgió una conversación que cambiaría mi vida. Le compartí mi preocupación, ella, con mucha sencillez, me extendió una invitación: “¿Te gustaría ir a mi iglesia?”. Recuerdo que de inmediato le pregunté todos los detalles, con un interés que hasta a mí me sorprendió.

Aunque ese primer domingo no pude asistir porque estaba fuera de la ciudad con mi familia, tomé la decisión de ir el siguiente. Al llegar, mi esposo y yo no entendíamos mucho de lo que ocurría; incluso podría decir que nos pareció un poco diferente a lo que conocíamos. Pero algo dentro de mí me motivó a regresar el próximo domingo… y luego el siguiente.

Sin darme cuenta, ese lugar empezó a formar parte de nuestra vida.

Lo más hermoso de todo es que, aunque yo estaba buscando un lugar donde enseñar a mis hijos a amar a Dios, el Padre Celestial tenía un plan más grande: primero enseñarme a mí. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, encontré no solo una comunidad, sino un espacio donde aprendí cómo guiar a mis hijos con amor, con ejemplo y con propósito.

Desde entonces, junto a mi esposo, hemos ido construyendo un hogar centrado en el Evangelio, cultivando día a día ese amor por nuestro Padre Celestial. Y puedo decir con certeza que ha sido una de las mayores bendiciones en nuestra vida.

El descubrimiento de la lengua de señas

Mi conexión con la lengua de señas nace desde el amor y la necesidad más grande: mi hijo. Él es sordo, y aunque desde pequeño siempre busqué lo mejor para su desarrollo.

Fue entonces cuando entendí con mayor profundidad la necesidad de comunicarme con él de una manera más completa.

Esa necesidad se hizo aún más evidente cada domingo en la iglesia. Lo veía sentado a mi lado, presente físicamente, pero sin poder comprender lo que se enseñaba. No entendía las doctrinas, ni los mensajes, ni el espíritu de lo que allí se vivía. Y fue en ese momento cuando algo dentro de mí hizo clic: comprendí que la lengua de señas no era una opción, era su idioma. Su primer idioma.

Comencé a investigar, a aprender, a adentrarme en el mundo de la comunidad sorda. Y mientras más aprendía, más entendía la magnitud de esa realidad.

Aprender lengua de señas ha sido una de las bendiciones más grandes que ha recibido nuestra familia, porque nos ha permitido algo que muchas veces damos por sentado: comunicarnos de verdad.

Al mirar hacia atrás, puedo ver claramente cómo el Señor ha guiado cada paso de mi vida, incluso en momentos en los que no entendía el propósito de lo que estaba viviendo. Lo que comenzó como una preocupación de madre, se convirtió en una oportunidad para crecer, aprender y servir de una manera que nunca imaginé.

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