Discurso de Pedro Vergés: Premio Nacional de Literatura 2026
- revistalaprensa55
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¿Qué me interesa decir a ese respecto? Adelanto, de entrada, que voy a ser, en unas pocas líneas, más práctico y propositivo que analista o teórico. No pienso hacer valoración alguna, por mínima que sea, sobre la calidad de quienes la cultivan.

El dilema habitual de un discurso (si se le puede llamar así) como el que me dispongo a pronunciar, es el de no saber si dar las gracias por la distinción al principio o al final. Yo me he decidido por lo primero, no sea que, por la edad, se me olvide después. Agradezco, por tanto, muy en primer lugar, y en la persona de su vicepresidenta, doña Ana Corripio, a la Fundación que lleva su apellido, creadora de un premio cuyo jurado carga sobre sus hombros la tremenda responsabilidad de conseguir que la categoría del elegido esté siempre a la altura tanto del premio que se le concede como de la generosa iniciativa que lo posibilita. Me satisface saber que así lo han considerado en mi caso. Agradezco también, sinceramente, al señor ministro de Cultura, don Roberto Ángel Salcedo, y al muy querido amigo de tantos años ya, don José Alcántara Almánzar, así como al historiador y también amigo, don Juan Daniel Balcácer, asesores ambos de la Fundación y, por supuesto, y con mucho cariño, a todos los presentes, conocidos y amigos que han tenido la cortesía de acompañarme en esta noche tan significativa. Muchas gracias a todos.
Señoras y señores, La literatura es, en principio, la utilización del idioma con fines estéticos. O, más llana y tradicionalmente dicho, el arte de escribir. Reparemos, sin embargo, en el hecho de que, vista de esa manera, todo el que haya dejado de ser analfabeto (que en nuestro país son ya, por suerte, una gran mayoría) tiene en sus manos la posibilidad de hacer literatura. Parece tonto decirlo. Pero el que sabe escribir ya es, en cierto modo, sin serlo, un escritor. Y no solo en potencia, como lo demuestra que, a cualquiera, ante uno de los muchos imponderables de la vida, una desgracia, un amor imposible, una puesta de sol, le da, no por pintar, ni por esculpir, para expresar lo que le pasa —a no ser que domine de antemano esas técnicas—, sino por emplear lo que tiene más a mano, que es el idioma. Esa es, a mi modo de ver, una de las ventajas y, a la vez, una de las desventajas de la literatura. Cualquiera, de repente —y con todo derecho, que conste— siente que es escritor, y escribe, y hasta exhibe, con disimulado, pero también legítimo, orgullo, el fruto de su numen o de su inspiración.
En el mundo actual, y en nuestro país (que hoy está más en el mundo que nunca), eso que, en principio, podríamos llamar afición o inclinación, así sea momentánea, a las letras, esa especie de literaria espontaneidad se ha multiplicado de forma extraordinaria. Asombra a veces la cantidad de escritores con que contamos hoy, a causa, sin duda, de las facilidades de la divulgación de cuanto se nos ocurre o de cuanto pensamos. Asombra la naturalidad con que, por otra parte, a cualquiera que escriba en un periódico, o hasta publique un libro de lo que sea, se le otorgue en seguida título de escritor. ¿Por qué? ¿Quién determina que lo sea? El fenómeno no es, por supuesto, nuevo, ni solamente nuestro. Pero no cabe duda de que en las últimas décadas se ha incrementado de manera no solo notable, sino también notoria, con la consiguiente banalización del concepto. ¿Es eso bueno?, ¿Es malo? Ni lo uno ni lo otro. Es simplemente una característica de los tiempos que corren, una característica con la que no tenemos otra que contar.
Cientos de miles de obras literarias, o supuestamente literarias, salen al mercado cada año en todos los países. Ante ellas el lector no especializado, el llamado lector común, reacciona de una manera simple, valiéndose de lo que tiene más a mano, que es el gusto, arbitrario por definición (para el gusto se hicieron los colores) y a partir del cual las desestima o las acepta, generando arbitrarias corrientes de opinión que, pese a todo, pesan. Esa arbitrariedad electiva se ve fortalecida, desde hace ya bastante, por la presión del mercado y, ahora, por la demedida multiplicación de cualquier texto que diga ser poema, o relato o novela, lo que produce que el escritor actual se encuentre en una encrucijada de lo más enojosa.
Sabemos bien que la obra literaria nunca ha dejado de ser una mercancía. Pero tengo la impresión de que el intercambio que se realiza entre el creador y sus posibles o reales lectores, siempre sujeto al gusto, ha llegado en nuestros tiempos a un alto grado de desvalorización del valor, valga la paradoja, del arte de escribir. Y es que asomarse al arte, a la verdad del arte, exige de nosotros un esfuerzo emocional para el que en la época actual, tan veloz y precipitada, quizás no haya sosiego suficiente. Divertirse con lo que se nos cuenta es hoy, en suma, o parece ser —al menos en el caso de la narrativa—, mucho más atractivo que interesarse por lo que se nos cuenta y por cómo se nos cuenta. En el presente hay una banalización inevitable del hecho estético que será, sin duda, pasajera, porque, efectivamente, todo pasa. Pero es un pasar frente al que, en el entretanto, conviene estar alerta, a fin de no perder la posibilidad de lo sublime, aunque sea más difícil de alcanzar que lo superfluo. No deberíamos renunciar a eso que al fin y al cabo es también un derecho, aunque no sé si humano.
Pero hay más, todavía no termino. Porque la idea no quedaría completa si no añado, para nuestro consuelo, que esa arbitrariedad del gusto que menciono (y que siempre ha existido, que conste: lo arbitrario del gusto no es invento reciente) tiene por suerte un rival de categoría, que es, a saber, el juicio crítico, capaz de alzarse contra las falacias de la superficialidad y de establecer cánones convincentes que nos guían y nos enseñan a precisar (no solo en la literatura, claro está) la calidad de lo que contemplamos o leemos. El juicio crítico es la máxima defensa contra el gusto puro y simple, un esfuerzo máximo de apreciación y de enriquecimiento de la opinión que nos orienta de manera adecuada, partiendo de argumentos que, cuando se los atiende, cuando se los estudia, terminan perfeccionando nuestra valoración del hecho estético. Es el antídoto de lo banal, del repentismo; de las apreciaciones epocales, incluso, tan prepotentes ellas, y siempre tan seguras de sí mismas. Su valor no le viene, o no solo le viene de la preparación y del conocimiento de quien lo emite, sino de ser producto de un esfuerzo continuo, plural, de la acumulación de saberes y métodos a lo largo del tiempo. ¿O leeríamos a Góngora de la misma manera después de conocer las glosas que sobre su poesía hizo en su momento Dámaso Alonso? ¿Nos diría lo mismo la poesía de Neruda tras haber estudiado los ensayos que acerca de su estilo escribió Amado Alonso?
El juicio crítico, sin ser definitivo, ni pretenderlo, puesto que se corrige de continuo, tiene vocación de permanencia, y de ahí viene su fuerza, su poder de convicción en lo atinente a la valoración de una obra. Si aceptamos de antemano, sin haberlas leído, que la Divina Comedia, la Ilíada y la Odisea, el Quijote, el teatro de Shakespeare, el Ulises de Joyce, etcétera, son auténticas obras maestras es porque el juicio crítico ha conseguido otorgarles esa categoría. Y no de cualquier forma, sino de una tan convincente y plena que, cuando al fin las leemos, no tardamos en comprobar que no nos ha mentido. Y es que la labor del juicio crítico consiste en establecer un canon que, sin dejar de tomar en cuenta la inclinación del gusto, propone categorías convincentes que lo asumen o lo desechan o le dan su lugar en el conjunto, mientras, al mismo tiempo, va en busca de lo que de verdad importa: el valor permanente de la obra. Ganar la aprobación del juicio crítico es lo que nos anima a dar lo mejor de nosotros en esa especie de agonía y de éxtasis en que consiste la creación literaria.
Ahora bien, ¿por qué digo todo esto? No, desde luego, por capricho, ni por deseos de internarlos en un enredijo de consideraciones cuya dilucidación nos llevaría muy lejos, demasiado, quizás. Lo digo motivado por el estado actual de nuestra literatura, que es la que, al fin y al cabo, nos reúne esta noche.
¿Qué me interesa decir a ese respecto? Adelanto, de entrada, que voy a ser, en unas pocas líneas, más práctico y propositivo que analista o teórico. No pienso hacer valoración alguna, por mínima que sea, sobre la calidad de quienes la cultivan. No es esta la ocasión adecuada ni me corresponde a mí, que no soy crítico, adentrarme en ese terreno, aunque sí diré que hay en su seno valores que respeto y admiro y con los que me siento muy identificado. Más que confesar cómo la siento, me arriesgaré a decir cómo la veo, cómo la considero en el marco del panorama perfilado en líneas anteriores y en el que inevitablemente se halla inmersa.
En ese terreno, mi opinión es muy clara. La dominicana es, hoy por hoy, una literatura que ha sufrido como ninguna otra el impacto de la dispersión que ha caracterizado el proceso histórico y social del país en las últimas décadas. Si hasta hace realmente muy poco podíamos establecer en su interior convincentes criterios de jerarquía estética, de diferencias epocales y generacionales, hoy debemos aceptar que no ocurre lo mismo, a pesar del empeño de algunos esforzados que procuran poner la casa en orden y ante los que me inclino con respeto.
La nuestra ya no es una literatura de factura exclusivamente nacional, porque hasta la geografía ha dejado de ser para nosotros lo que solía. Se hace en el país y fuera del país y también en ese espacio que no es dentro ni fuera del país, consecuencia de la traumática experiencia, más que internacional, transnacional (si cabe que lo diga) en que nos movemos, ciudadanos de un mundo que continúa mirándonos por encima del hombro, para decir lo menos.
...Pero, por eso mismo, precisamente en atención a esa nueva realidad, conviene que hagamos el esfuerzo de entenderla mejor y de proporcionarle la organicidad de la que todavía carece.
Nos urge, por ejemplo, no necesariamente responder, pero sí analizar de manera adecuada el problema de la pertenencia y de la pertinencia de esa literatura intensamente dominicana que, por razones de la transnacionalidad ya mencionada, o como resultado de nuestro doloroso proceso migratorio, se ha escrito y de seguro se seguirá escribiendo en otra lengua, de momento el inglés y mañana quién sabe si el francés o el italiano. Necesitamos saber cómo se vincula la que se escribe fuera del territorio con la que se escribe en su interior y con la sociedad que le da vida y hasta razón de ser. Yo no me inclino por adelantado por ninguna de las posiciones que sin duda saldrían a relucir en un debate serio en torno a esas y otras interrogantes de parecido corte. Pero sí me interesa aclarar que la inquietud que me mueve al respecto es la muy legítima de quien sabe que, así como un país no puede serlo sin un andamiaje legal, tampoco lo será sin el sostén de una cultura y, dentro de esta, de una literatura cuyos valores, debidamente analizados y ponderados por el juicio crítico, pongan de manifiesto esa otra verdad de la vida en común, o compartida, que solo se conoce con su ayuda.
Conviene, pues, que pensemos si nos interesa dejar las cosas como están, en el mismo desorden disciplinario del país, a ver qué sale, que es como vivimos, o hacer el esfuerzo crítico de establecer una jerarquía válida que nos permita conocer a fondo, clasificar con seriedad, el valor de la obra de los nuestros, que es una forma de conocer mejor quiénes somos, lo que no me parece baladí, sino importante. Tal vez así dejemos de hacer antologías caprichosas y nada convincentes, apologías sin real fundamento, críticas pretenciosas que no aciertan ni aclaran, que confunden, más bien, y avancemos un poco en la valoración de una literatura que, observada de cerca, demuestra merecer mucha más atención, mucho mayor respeto.
Y ya no digo más, salvo lo último. Hace ya cerca de cuarenta años un grupo de animosos (no es otra la palabra) organizamos un llamado Primer Congreso Crítico de la Literatura Dominicana” y, con muy pocos medios, pudimos reunir, estudiar y establecer unas valoraciones que todavía conservan su vigencia. Entre aquello y lo de hoy ha llovido, naturalmente, mucho. Pero me sentiría muy satisfecho si lográramos recuperar aquel impulso y aplicar el conocimiento y los medios con que contamos hoy a poner en valor la realidad de una literatura que, por lo que llevo visto, ha cambiado y se ha diversificado más de lo que a primera vista cupiera imaginar.
Confieso que no sé si estamos en capacidad de realizar un esfuerzo de tal envergadura. Mi inevitable pesimismo tal vez no me permita asegurarlo. Pero de ningún modo me impedirá decir que es absolutamente necesario. Las universidades participantes y protagonistas del premio que hoy recibo, las más importantes del país, las instituciones relacionadas con la alta cultura (sí, eso he dicho, con la alta cultura) nuestra misma Academia de la Lengua, junto a otras, a lo mejor podrían considerar, con la seriedad que el asunto requiere, la realización de un evento similar al mencionado y que, siendo el segundo, le abra paso a un tercero y luego a un cuarto y así hasta que Dios quiera. Créanme que al país le haría muy bien y créanme también que no es una demanda, ni un reclamo. No es ni siquiera una solicitud. Es una simple sugerencia que me permito hacer en solitario, en nombre de nadie, porque yo aquí no represento a nadie, pero sí creo que respondiendo al deseo de ser mejores y conocernos más que compartimos todos. Ojalá que no caiga en saco roto.
Muchas gracias.









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