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Tempestad del silencio, de Mateo Morrison



René Guzman Santo Domingo El escritor dominicano perteneciente a la generación postguerra y premiado en varias ocasiones, incluyendo el premio Nacional de Literatura, Mateo Morrison, nos presenta un poemario donde abundan la soledad, la tristeza y el dolor titulado Tempestad del silencio. Morrison inicia estableciendo una koinonia de elementos comunes en situaciones atípicas que nos hace cuestionar la realidad de lo que se presenta: El día y la noche harán su mudanza sin ser medidos por un reloj. Al lado los perros contemplan la forma en que los humanos hacen el amor. En Tempestad del silencio el extrañamiento hace presencia condicionando la ficcionalidad al lector al punto de hacerte sentir el dolor. Se trata de —como si la muerte estuviera siempre alerta en nuestro poemario— un deceso esperado mas no aceptado y una felonía planeada y cuestionada por el traicionado: Las torturas más sublimes de la postmodernidad, la cámara de gas que fuiste a conocer para estudiar la posibilidad de mi holocausto particular, la mirada que exhibes cada mañana forzando a refugiarme en la quietud. ¿No son suficientes para detener tus asedios a mi sombra? Vemos cómo se describe detalle a detalle el inmenso dolor que transmite este poemario. Es imposible, siquiera pensar, que alguien que, probablemente amaba, le haga semejante desfachatez. Describir cómo el ser amado/a construía las armas para acabar con su espíritu, su vida y su persona, nos envuelve en una narrativa descriptiva, al punto de llenarnos de impotencia: La daga que construyes para herirme. El cuchillo imantado que lanzas a mi pecho. Incluso ver cómo se utiliza un animal trabajador, eficaz y audaz como la abeja para causarle daño a una persona que quizás lo único que hizo fue entregarse y amar con el corazón o que tan solo vivió su vida y le han llegado los años: Las abejas que entrenas para emponzoñar mi espíritu. Pero no me sorprende del todo, porque, ¿a cuántos no nos han utilizado de la misma manera?, ¿a quién no le han dejado en el olvido como si nunca hubiese existido?, ¿o quién no ha sido traicionado/a por alguien a quien ha entregado su alma, su vida, su corazón, que al fin y al cabo te los entregan hecho trizas y sin ganas de querer volver a ser quien eras? Nos convertimos simplemente en estatuas: no sentimos, no sudamos, no morimos, solo nos volvemos viejos con el tiempo y nos dejan en el olvido. Existe un punto medio entre la mirada y el silencio más que notorio, cuando nos sentimos traicionados, solos y desamparados. Morrison lo deja claro en Tempestad del silencio a través de la expresión: Un museo silente tu mirada. ¡Cuántos no hablamos con la mirada!, pero hasta esta puede llegar a ser silenciada haciendo que no tenga receptividad alguna sobre quien intentemos hablar cuando miramos. Esa ceguera, ocasionada por los malos actos de quien amamos, es lo que nos hace seguir amándolos, sin darnos cuenta de que nos estamos haciendo daño y que, poco a poco, nos convertimos en espías de quien simplemente un tiempo nos quiso, mas ya no somos nadie para esa persona: Solo el oblicuo sentido de la vida mantiene esta ilusión de sentimientos contrapuestos. Ese sabor dulce que tanto nos gusta y nos alegra la vida, es aquel que siempre nos hace daño, lo va haciendo lento y nos crea la percepción de que nosotros somos quienes nos hacemos daño, de que somos los culpables, llegando incluso a confundirnos con el encanto placentero que nos causa cuando está a nuestro lado. Es que no es posible darnos cuenta de que nos lastimamos porque la ceguera del corazón obstaculiza que creemos una barrera para eso que tanto amamos o creemos amar. Morrison nos da el consejo perfecto para salir de este mal que nos agobia y del cual estamos siendo cómplices. Nos invita a no perder la esperanza, a valorarnos nosotros mismos volando alto sin que nadie nos corte las alas del alma, nos hace la recomendación de seguir nuestro rumbo: No abandones tus alas, no importa que te ofrezcan el cielo en cada abrazo, ni que sientas un ardiente temblor en cada orgasmo. Toma tu pulso colocado en el orificio donde se oxigena el amor. A lo mejor ya debes trasladarte a otra galaxia. Seguir adelante es la mejor opción ante tanto dolor, porque solo así podremos superarlo y quizás llegue alguien que cambie todo el mal que se nos han hecho. Puede llegar una persona que con la armonía de su piel tal y como la describe Mateo en Tempestad del silencio, nos apague las llamas que, con sus fríos sentimientos, apagó una persona que, con su felonía, nos causó tanto daño. Muchos quizás van a querer que se encienda el amor entre esos enamorados que para todos eran una pareja perfecta, pero, en esa perfección, estaba la imperfecta relación tóxica que acababa con la vida de uno de los enamorados. Nuestro poeta no solo se expresa sobre el amor no correspondido en Tempestad del silencio, sino que también nos comenta de esos valientes que desahogan en el papel. Muere quien escribe mas no sus escritos y qué bueno sería recordar a esa persona que nos mostró esos sentimientos que no nos atrevíamos a externar por miedo —quizás, a ser burlados o simplemente porque no queríamos dejar ver nuestras debilidades— sin darnos cuenta de que quien escribe también es débil y precisamente por eso redacta sus vivencias. Morrison, después de describir la desgracia del amor y el olvido en Tempestad del silencio, incluye en esta magnífica obra a los poetas y extiende su escrito diciendo que estos deben ser recordados con una expresión penetrante y profunda que deja mucho que pensar: Estos, en verdad, deberían ser instantes congelados. Y nos dice también que el dolor siempre va a existir y, mientras menos importancia le demos, más se apoderará de nosotros. Este dolor que quizás empezó como una simple gota, puede ocasionar un gran diluvio que desborde nuestra alma y ahogue nuestra vida sin dejarnos espacio para respirar. Puede provocarnos una muerte súbita sobre la cual no podremos ser testigos, porque nuestra memoria habrá quedado en olvido, y ya no recordaremos el dolor, las desgracias, las traiciones, ya ni recordaremos que estuvimos vivos. El autor es estudiante de la carrera de Educación, orientada a la Literatura en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, donde también es miembro del Taller Literario PUCMM.






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