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  • revistalaprensa55

La poesía espiritual y su lenguaje



La literatura religiosa, al igual que la mística, es espiritual, pero la espiritual no necesariamente es religiosa o mística. Los escritos de orden espiritual se manifiestan en oposición a la literatura materialista, subjetiva y regida por el ego. Los primeros expresan fenómenos que aparentan inexplicables cuando tratamos de encajarlos dentro de las leyes naturales conocidas. El poeta intuye y el lenguaje se manifiesta desde la conciencia profunda como agua cristalina que fluye desde un manantial. Sin embargo, Bruno Rosario Candelier (2008) como gran estudioso de la literatura mística, religiosa y espiritual nos recuerda que existe, además, la revelación: “La vertiente creativa de la revelación, que viene de la sabiduría espiritual de la memoria cósmica o de la Divinidad, tiene una dimensión mistérica. Las intuiciones suelen proceder de la percepción de la realidad, cuando sintonizamos la sustancia de cosas y vivencias, pero las revelaciones no se intuyen, sino que simplemente se reciben” (p.13). Lo cierto es que cuando hablamos de espiritualidad no se trata de separar el cuerpo del espíritu, ni lo material de lo inmaterial. El cuerpo está movido por el espíritu y necesita de este para manifestarse. Hablar de espiritualidad no es hablar de dualidades sino de reconocer la relación indisoluble entre todas las cosas o entes del universo. Es reconocer que cada fenómeno de la existencia manifiesta la verdad y que se encuentra más allá de lo material o de lo espiritual; más allá de lo relativo y lo absoluto. Los puntos de vista material y espiritual no están separados: son los extremos de una misma vara; las caras de una misma moneda; la alegría y la tristeza de un mismo ser; los polos de un mismo planeta. La unidad frente a la realidad que se nos presenta. La separación la hacemos los humanos creyendo que de esa manera comprendemos mejor nuestra situación en el mundo. Es una manera de conceptualizar los hechos a los que nos hemos habituado. Puede leer: Ramón Francisco, mentor de la promoción de escritores de 1960 En nuestro país son muchos los escritores que se han destacado por dedicarse de lleno o parcialmente a la poesía de orden espiritual como es el caso de Salome Ureña, Jeannette Miller, Manuel del Cabral, Aida Cartagena Portalatín, Héctor Inchaustegui, León David, Rhina Espaillat, Ángela Hernández, Manuel Rueda, Fausto Leonardo Henríquez, Manuel Valerio, Freddy Bretón, Tulio Cordero, Jit Manuel Castillo, José Enrique García, Odalis Pérez, Carmen Pérez Valerio, Juan Matos, Chiqui Vicioso, Leopoldo Minaya, Tatem Brache, César Augusto Zapata, César Sánchez Beras, Rosa Silverio, Eduardo Gautreaux, Manuel Castillo, Tomás Castro Burdiez, Ramón de la Rosa y Carpio, Carmen Comprés, Teresa Ortiz, Ángel Rivera Juliao, Sally Rodríguez, Johanna Goede, Valentín Amaro, Guillermo Pérez, Eduardo Tavares Justo, entre otros igual de importantes. Estos poetas que se hacen uno con la cosa observada entienden el significado de lo que llamamos poesía espiritual. Son capaces no solo de comunicarse con todos los entes de la existencia sino de entender que la cosa y su propio ser son uno, que no hay nada que exista de manera aislada, sino que todo es interdependiente. De ahí surge la esencia de la verdadera poesía. Cuando nos referimos a la metafísica como todo aquello que se encuentra más allá de la física lo hacemos porque hasta el momento la ciencia ha puesto límites o barreras entre estos dos mundos. Ello es así porque aún no ha encontrado una explicación lógica, creíble, comprobable y repetible en el mundo de sus laboratorios. De nuestro lado, damos por hecho que la respuesta se encuentra en el mundo de la física cuántica. Ella aportará la respuesta dentro de muy poco. Los poetas hace siglos que superaron esa limitación haciendo caso omiso a las conceptualizaciones. La poesía de orden espiritual hace un uso único del lenguaje. Los poetas pueden exteriorizar la realidad inefable que se les manifiesta solo a través de palabras de este ámbito y de los simbolismos que las acompañan. La poesía, de la que hablamos, activa con elementos cognoscitivos y sensorio-perceptivos la compleja realidad material que surge a cada momento de las múltiples vivencias humanas. Fausto Leonardo Henríquez (2018) laureado poeta dominicano radicado en España en Pasión del alma enamorada nos canta: “Salté el cerco y me fui/Contigo al bosquecillo. Me hablaste/En un idioma extraño, en una lengua/De frondas pletóricas de júbilo. /Yacía en la otra orilla, leyendo al desgaire/La palabra limpia del riachuelo. Mi cántaro/Se llenó hasta arriba. Probé las frutas dulces, /Como silvestre mirlo, y salí con los labios/Prendidos en fuego/Largo fue el coloquio/Hasta que desperté con nuevas vestiduras/Y nuevas aguas” (p. 22). Por las venas del pueblo dominicano fluye un principio muy ligado a la espiritualidad. Y es necesario enfatizar el hecho de que en pleno siglo XXI la visión espiritual se mantiene cada día más viva como tabla de salvación para el que se ahoga; como escape de la opresión; como encuentro con la divinidad para el creyente; como búsqueda desesperada para el que se encuentra al borde del abismo… Todo ello se manifiesta a pesar de los avances tecnológicos, viajes a otras partes del universo, clonaciones, pandemias y crisis mundiales. La espiritualidad es la alfombra sobre la cual se mantiene de pie la humanidad; arrancarla de golpe es exponerla a una caída existencial severa. La poesía de orden espiritual es la identidad entre lengua, fenómeno y espiritualidad creada por los grandes poetas; provocadora de armonía y despertares. León David (2006) con sus versos elevados es digno ejemplo de los escritores que mantienen viva la poesía de orden espiritual por el sendero de la triada mencionada: “¿Qué tiene este sentir que me extravía/Con una fantasmal visión extraña?/¿Por qué el oído miente, el ojo engaña/Y persisto en creerles todavía?/ Es sombra lo que ves que te desvía/Con perfidia fatal y torpe saña/ De la flor primordial en cuya entraña/Germina el horizonte y sueña el día./ Más allá de esta piel y esta pupila/Donde el mundo parece que se agota/ Algo espera por ti grande y profundo:/El astro misterioso que titila,/El agua inescrutable que borbota/Y la esquiva verdad que arropa el mundo” (p.21). (CONTINUARÁ)


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