top of page
WhatsApp Image 2023-06-12 at 6.50.21 AM.jpeg

La mordaza a la prensa vs la ideologia política, el mismo color y la misma práctica

  • revistalaprensa55
  • 11 jul
  • 5 min de lectura

Por Winston Hernández

La Prensa

Vamos a España, donde un hombre tiene los titulares ardiendo.

Víctor Quiles es un joven de 25 años que se autodenomina periodista independiente, pero para el Gobierno español es otra cosa: un agitador de extrema derecha y un difusor de bulos.

Esta misma semana, un tribunal de Madrid emitió una orden de captura contra Quiles. La Policía se presentó en la televisora donde trabaja, EDATV, para detenerlo, pero no lo encontró.

El motivo de la orden de captura fue que Víctor Quiles habría difundido un presunto bulo sobre un asesor del Ministerio de Hacienda y por su ausencia cuando fue citado a declarar. Y ojo aquí con el lenguaje, porque son causas abiertas y, como cualquier otra persona, Quiles es inocente hasta que un tribunal demuestre lo contrario. Se trata de presuntos delitos y hay que poner atención: no es una causa, son cinco.

Víctor Quiles está procesado por un presunto delito de odio por encararse, según la Fiscalía, con una persona con discapacidad durante una protesta contra Isabel Díaz Ayuso. Por esa acusación le solicitan dos años de prisión e inhabilitación para el ejercicio del periodismo.

También está siendo investigado por una presunta revelación de secretos contra la presidenta de Red Eléctrica, por difundir la dirección de su residencia tras el gran apagón en España. Asimismo, enfrenta acusaciones por presuntas injurias y calumnias contra el secretario general de Faguan, proceso en el que le solicitan nada menos que nueve años de prisión.

Otras dos investigaciones fueron archivadas. Esos expedientes no se constituyen por opinar distinto, sino, presuntamente, por señalar personas con nombres y fotografías para que la ciudadanía les cayera encima y se produjera una especie de jauría digital.

Ahora bien, Quiles hizo lo que hacen muchos de su escuela: se envolvió en la bandera del mártir, montando una gira por distintas universidades que llamó "España Combativa", una copia casi calcada del modelo utilizado por el periodista Charlie Kirk.

La táctica consistía en anunciar que visitaría una universidad. No pedía permiso o, si se lo negaban, acudía de todas maneras con un megáfono en las manos. Entonces aparecían grupos de la izquierda estudiantil para impedir el acto al grito de "¡No pasarán!". Pero el verdadero evento nunca fue la charla; el verdadero evento era el conflicto, el video del enfrentamiento subido a las redes sociales y reproducido por la televisión. Él mismo lo reconoció: gracias a las prohibiciones, su gira terminó convirtiéndose en un movimiento masivo.

Desde el entorno del partido gobernante se aseguró que se acabó la fiesta para Alvise Pérez, quien, según publicó El Plural, habría aportado más de 13 mil euros para financiar el recorrido que se presentaba como independiente.

Hasta aquí la fotografía es clara: un provocador profesional que juega con facilidad el papel de víctima.

Ahora quiero incomodarlos con una pregunta.

Retrocedamos a los años noventa, cuando en Argentina nació un programa que fue toda una revolución: Caiga Quien Caiga, de Mario Pergolini. Trajes negros, lentes oscuros y reporteros que le ponían el micrófono en la cara al político más poderoso para hacerle las preguntas que nadie se atrevía a formular.

Aquel programa fue un fenómeno televisivo

Crucemos nuevamente a España. En 1996 llegó ese mismo formato y, un año después, desembarcó en Italia bajo el nombre de Le Iene, que también tuvo su versión española. En aquel momento se celebró como una de las expresiones más sanas de la democracia: reírse del poderoso, incomodarlo y bajarlo del pedestal.

La pregunta es: ¿a quién incomodaban? A todos.

En España le pusieron las gafas hasta al rey Juan Carlos, y en Italia Le Iene le hizo la vida imposible durante años a Silvio Berlusconi, con la ironía de que Berlusconi era el propietario del canal que transmitía el programa.

Aquellos espacios cuestionaban tanto a la derecha como a la izquierda, a quien le tocara. Pero aquí surge el punto central.

Cuando el irreverente, el que provocaba, el que hacía preguntas incómodas y se burlaba del poder pertenecía a un determinado sector ideológico, se llamaba periodismo valiente, sátira y libertad de expresión.

Ahora que el provocador se puso la corbata de la derecha, de repente los mismos sectores que antes aplaudían descubren que la provocación es peligrosa, que debe regularse y que eso ya no es periodismo.

¿En qué quedamos?

¿La pregunta incómoda es sagrada solamente cuando apunta hacia donde me conviene?

Y cuidado con malinterpretarme. Soy muy cuidadoso con esto.

Quienes respaldan las decisiones judiciales sostienen que Quiles no hace preguntas incómodas, sino que difunde odio y bulos; que una cosa es enfrentar a un ministro con una pregunta incisiva y otra muy distinta publicar la dirección de la casa de una persona para que la multitud vaya tras ella. Ese argumento tiene un punto sólido y no voy a ocultarlo.

Pero crucemos ahora a Francia.

Allí existe la cadena CNews, propiedad del multimillonario Vincent Bolloré, y su canal hermano C8, cuyo programa estrella era visto por millones de franceses cada día.

Pues bien, el regulador audiovisual ARCOM, organismo cuyo presidente es designado por el jefe del Estado, retiró a C8 la frecuencia de transmisión y el Consejo de Estado confirmó la decisión. La cadena fue borrada del mapa.

Para colmo, ese mismo mes, ARCOM emitió una advertencia contra CNews por, según sus investigaciones sobre 168 horas de programación, no respetar el pluralismo, al concluir que tres cuartas partes del contenido expresaban un mismo punto de vista.

¿Censura o defensa del pluralismo? Ahí está el debate.

Mientras Reporteros Sin Fronteras, organización que presentó la denuncia, celebró la decisión como un acto democrático, afirmando que Bolloré había convertido la información honesta e independiente en un desierto, desde el otro lado se denunció que el pluralismo retrocede en Francia.

Jordan Bardella afirmó que la libertad de expresión está bajo ataque y figuras del propio canal sostuvieron que, por primera vez en Francia, se cerraba una cadena de televisión y se enviaba a 400 personas al desempleo.

Aquí les dejo la reflexión.

Fíjense que el mismo mecanismo, el poder estatal decidiendo qué medio respira y cuál se ahoga, fue ejecutado en un país por un gobierno de izquierda y, en otro, por un gobierno de derecha.

Dos ideologías opuestas, pero un método idéntico.

¿Saben por qué?

Porque, al final, el poder no tiene color cuando se trata de callar a quien molesta. Sea rojo, azul, europeo o caribeño, el método termina siendo el mismo: controlar al mensajero, que es el periodista y, por extensión, los medios de comunicación.

En este país se está dando inicio a esa práctica. La posible entrada en vigor de la Ley 74-25 trae consigo una real mordaza para el periodista y para todo comunicador independiente.

Comentarios


bottom of page