Acompañar la adolescencia sin perderse en el intento
- revistalaprensa55
- 5 feb
- 3 Min. de lectura

Narcisa Valerio
La Prensa
La adolescencia es, por sí misma, una etapa difícil. No se trata solo de los cambios físicos ni de actitudes que muchas veces parecen retadoras, sino de un proceso profundo de cambios internos que transforma la manera en que el adolescente se ve a sí mismo y entiende el mundo que lo rodea. En ese camino no solo cambia quien atraviesa la adolescencia; también se mueven las seguridades, los temores y las emociones de quienes acompañan, especialmente de los padres.
Uno de los mayores retos de esta etapa es su carácter contradictorio. El adolescente puede buscar cercanía y, al mismo tiempo, marcar distancia; pedir comprensión mientras rechaza el acompañamiento; exigir respeto sin reconocer sus propios errores. Esta mezcla de actitudes suele generar mucha confusión en los adultos, que no siempre logran distinguir si se trata de una necesidad real, de una forma de protegerse emocional o simplemente de una manera de evitar aquello que resulta difícil de enfrentar.
En el día a día surgen muchas dudas. Dar espacio parece necesario, pero también despierta el miedo de estar abandonando. Poner límites se vive como una responsabilidad, pero al mismo tiempo aparece el temor de controlar demasiado. Cualquier decisión parece incompleta. Si se cede, surge la culpa por no ejercer la autoridad; si se es firme, aparecen comentarios externos que hablan de sobreprotección o rigidez. En medio de estas tensiones, muchas madres sienten que no existe un punto exacto desde donde actuar correctamente.
La adolescencia también se caracteriza por una dificultad real para expresar lo que ocurre por dentro. Muchos adolescentes no saben explicar qué les pasa. No siempre es falta de voluntad; muchas veces no cuentan aún con las herramientas emocionales ni con las palabras necesarias para ponerle nombre a lo que sienten. Lo que viven queda guardado, como encerrado, y el silencio, el aislamiento o la evasión no siempre significan rechazo. En muchos casos, son formas de protegerse frente a emociones que no logran comprender del todo.
Desde la experiencia de acompañamiento, es frecuente notar que en esta etapa algo parece romperse por dentro. No necesariamente a raíz de un hecho puntual o traumático, sino como resultado de muchos cambios que se van acumulando: en lo social, en la escuela, en la familia y en la construcción de la propia identidad. Se deja atrás una forma de estar en el mundo que antes resultaba segura, y la nueva todavía no termina de construirse. Este proceso puede manifestarse en la pérdida de interés por actividades que antes generaban disfrute, en el rechazo al entorno escolar, en la resistencia a participar o en una postura rígida frente a la autoridad.
A todo esto se suma el desarrollo de un pensamiento más crítico y autónomo. El adolescente comienza a cuestionar normas, creencias y valores que antes aceptaba sin dificultad. Aparecen opiniones firmes sobre temas sociales y una fuerte defensa de la libertad personal. Aunque este proceso forma parte del crecimiento, puede resultar desconcertante para quienes acompañan, especialmente cuando se interpreta como un rechazo personal o como una negación de aquello que antes unía.
En este contexto, muchas madres viven un dolor silencioso. Duele acompañar a un hijo o hija que parece diferente, casi irreconocible. Duele escuchar frases como “no me entiendes” o “no me respetas”, cuando el vínculo ha estado marcado por el cuidado, la presencia y el amor. Duele aceptar que la cercanía de la infancia ya no es la misma y que, aun así, es necesario seguir estando.
Acompañar la adolescencia exige una fortaleza emocional constante. No se trata de tener todas las respuestas, sino de aprender a sostener la incertidumbre sin desesperarse. De aceptar que no siempre se sabrá si se está actuando de la mejor manera, pero que la presencia afectiva sigue siendo necesaria, incluso cuando no es solicitada. Acompañar en esta etapa implica aprender a estar sin invadir, a poner límites sin romper el vínculo y a confiar, aun cuando el proceso resulte doloroso.
La adolescencia no es solo una etapa de crecimiento para quien la vive; también transforma profundamente a quienes acompañan. Obliga a soltar seguridades, a revisar expectativas y a desarrollar una paciencia que muchas veces no se sabía que se tenía. Acompañar la adolescencia sin perderse en el intento no significa hacerlo todo perfecto, sino mantenerse disponibles, atentos y humanos, incluso cuando el camino no es claro y el proceso duele.









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